ECONOMIA 101

Junio 19, 2008

Los seres humanos contamos con dos importantes atributos que favorecen la sobrevivencia de nuestra especie: La facultad del raciocinio, y una memoria amplia y sofisticada.

No obstante, para aprovechar las ventajas que esos atributos nos aportan, es necesario aplicarlos ejerciendo nuestra voluntad y concentración. Cada individuo decide la importancia que le asignan al uso del raciocinio en sus vidas, y muchos prefieren vivir en “piloto automático” sin preocuparse mucho por las consecuencias de sus decisiones.

Pero lo que es un comportamiento reprochable en un ser humano, para una sociedad en la que un gran porcentaje de sus ciudadanos adoptan esa opción, es una tragedia. Sin embargo, eso es lo que ocurre cuando la educación de los ciudadanos es deficiente, por las razones que señalé en el ensayo anterior, y su capacidad de racionalizar, recordar lecciones aprendidas en experiencias pasadas, y saber aplicarlas para evitar errores en el futuro, queda disminuida cuando asumen (o deben asumir) responsabilidad por sus propias vidas.

La Historia es un archivo inestimable de las experiencias acumuladas por la civilización humana a través de los siglos. No es perfecta, porque el recuento de los hechos depende de la objetividad de los testigos y de otros factores, y aún cuando los hechos han quedado establecidos sin cuestionamiento, es necesario interpretar esos hechos para formular conclusiones. La interpretación de la Historia es necesaria, pero la validez de las interpretaciones se establece mediante la posibilidad que nos ofrecen para evitar fracasos y tragedias en el futuro. Interpretaciones equivocadas chocan con la realidad, y sus lecciones nos condenan a repetir los errores del pasado.

¿Por qué entonces la sociedad humana insiste en cometer los mismos errores cuando la Historia nos ha dejado tanta evidencia de lecciones repetidas porque no aprendimos de ellas? Yo lo atribuyo en gran parte al hecho que la Historia no se enseña en los colegios públicos adecuadamente (hay otras razones, por supuesto). Un alto porcentaje de los graduados de la secundaria en los EEUU desconocen la Historia de su propio país, y conocen mucho menos de la Historia del desarrollo humano en otros rincones del planeta. Generalmente “aprenden” memorizando datos necesarios para aprobar los exámenes de rutina, pero no se les enseña a interpretar esos hechos, a reflexionar y poner en contexto y en perspectiva su significado.

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En mi ensayo anterior (El Talón de Aquiles), indiqué que la burocracia establecida por el Estado para administrar el sistema público educacional impone las normas del currículo, y por tanto, la interpretación de la Historia y la enseñanza de otros temas queda en las manos de los “expertos” que controlan esa burocracia, sin dejar espacio para perspectivas diferentes.

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El fracaso de la economía planificada por el Estado, y el éxito definitivo del mercado libre, son hechos documentados con numerosos “experimentos” realizados en diferentes sociedades, en diversos lugares geográficos, con diferentes antecedentes culturales y étnicos. A medida que el feudalismo en Europa desapareció, y las ideas liberales enfatizaron la importancia del individuo en la sociedad, prosperó la llamada Revolución Industrial en Inglaterra. Los cambios radicales impulsados durante esa época transformaron las sociedades europeas, y eventualmente se trasladaron al continente Americano, donde su impacto fué mucho más trascendente.

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Curiosamente (o quizás no, un tema para explorar en otro momento), los principios filosóficos y económicos que favorecieron el desarrollo acelerado de la tecnología y que elevaría el nivel social de millones de personas en corto tiempo, no se enseñan en los colegios de los Estados Unidos, y el resultado es una población totalmente ignorante del mecanismo del mercado libre que es el motor que mueve la civilización moderna.

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Cuando el Estado interfiere con el funcionamiento del mercado libre, mediante subsidios, regulaciones, prohibiciones, imposición de impuestos, etc., sus medidas distorsionan las decisiones que tanto las empresas como los consumidores tomarían si esa interferencia no existiera. El grado de interferencia del Estado en las decisiones económicas determina el nivel de distorsión que las medidas imponen, y por tanto, la ineficiencia que ellas provocan y el costo económico resultante.

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Considero importante destacar en este ensayo algunos de esos principios básicos que lamentablemente desconocen los votantes americanos que decidirán las elecciones presidenciales en este país en Noviembre de este año:

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1.  Para inventar y crear, los seres humanos necesitan tener la libertad de pensar abiertamente, sin censuras o “limitaciones” impuestas por el Estado. No es una coincidencia que el progreso tecnológico ocurre y prospera en sociedades democráticas, mientras que las sociedades totalitarias se estancan en la mediocridad y retroceden hacia un desastre económico. En la medida que el Estado dificulta el ejercicio del libre pensamiento y de acción, esa sociedad limita sus oportunidades de mejorar su condición social.

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2.  El derecho a la propiedad privada es el principio fundamental de una sociedad libre y capaz de desarrollar su capacidad productiva. No existen “términos medios” en el derecho a la propiedad privada. La supuesta “propiedad comunal” no pertenece a nadie excepto al gobierno que la define y al individuo (o grupo) que controla ese gobierno. El ser humano necesita un incentivo para desarrollar su potencial humano, y la propiedad privada es el mecanismo que le permite concretizar ese desarrollo al máximo. Eso no significa que la acumulación material en sí es un incentivo, sino que la acumulación material permite la realización de otros objetivos más significativos, como brindarle mejores oportunidades a sus familias para desarrollar su potencial, o poder dedicar un porcentaje mayor de tiempo a actividades discrecionales.

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3.  Las ganancias financieras representan el incentivo para los productores y la medida de eficacia de una empresa. En un mercado libre, en el que el Estado no le ofrece ventajas especiales a una empresa o industria (como ocurre frecuentemente en la economía americana), la competencia es el mecanismo que regula el uso de los recursos, que estimula la innovación y la introducción de mejores productos y servicios, y que determina la sobrevivencia de las empresas que mejor satisfacen las exigencias de los consumidores.

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4.  El precio de un producto o servicio no tiene nada que ver con su costo. Lamentablemente, muchas personas creen que las empresas determinan el precio de sus productos añadiendo una “ganancia” al precio de producción. Aun más lamentablemente, muchas personas creen que las empresas, sobre todo si son gigantescas, algo que ocurrirá con más frecuencia con la globalización de la economía mundial (otro tema para otro momento), pueden “fijar a su antojo” el precio de sus productos.

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La realidad es que los precios los determinan los propios consumidores mediante la ley de la oferta y la demanda. En un mercado libre, los consumidores tienen acceso a productos similares manufacturados por diferentes empresas, las cuales compiten para persuadir al consumidor que su producto ofrece el mejor “valor” por el precio ofrecido. En esa competencia, las empresas ofrecen diferentes niveles de calidad y precio para que el consumidor tenga opciones para escoger.

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De acuerdo con las preferencias de los consumidores, la demanda por un producto excede la de otros, aumentando las ganancias de esa empresa. El precio del producto establece el balance entre la oferta y la demanda que le ofrece las mayores ganancias a la empresa.

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5.  Los monopolios no prevalecen en el mercado libre, excepto mediante leyes impuestas por el Estado. La caricatura que presenta a un vil pulpo (monopolio) sofocando a los pobres consumidores es una imagen creada al principio del desarrollo industrial de la sociedad, y aunque nunca tuvo vigencia en realidad, su existencia es imposible en la sociedad tecnológica moderna. Existen monopolios “legalizados”, creados y protegidos por el Estado, como lo fué la compañía de teléfono en algún momento, o concesiones que gobiernos locales le asignan a empresas de electricidad, etc. Pero la competencia en el mercado libre no permite la existencia de un monopolio por mucho tiempo.

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En el mercado libre, las empresas compiten por los recursos disponibles, y los consumidores deciden, con sus “votos” diarios (o sea, con sus decisiones de compra), los ganadores y los perdedores. Mantener una posición dominante en el mercado competitivo es extremadamente difícil, sobre todo en una sociedad donde la tecnología cambia las reglas del juego casi a diario.

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Otro factor que es necesario considerar, y muchas personas ignoran, es que los productos no solo compiten entre sí, sino que compiten con otras alternativas que satisfacen el mismo propósito. Por ejemplo, los cines compiten con otros medios de entretenimiento, como los filmes alquilados, la TV pagada, etc.

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No obstante, en los centros educacionales no se estudia la realidad económica documentada por la Historia, y los mitos de los “monopolios rapaces” se convierten en artículos de fe para la población desinformada, y alimenta la demagogia de los políticos que buscan chivos expiatorios para aumentar el poder de sus posiciones en el Estado.

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No pretendo en este corto ensayo ofrecer un curso de Economía, un tema complejo, controversial, e imposible de cubrir en varios volúmenes. Mi intención es clarificar ciertos principios fundamentales que ya no se conocen explícitamente en la población educada en colegios públicos. Las consecuencias de la ignorancia de principios económicos básicos son profundas, y son sólo un factor entre varios en la sociedad que influyen en la dirección por la que transita el país. Una de ellas es la tendencia a culpar las empresas privadas por los males de la sociedad, y al mismo tiempo, buscar “soluciones” en programas del Estado.

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Este es un error gravísimo, porque el propósito fundamental del Estado es proteger los derechos de los ciudadanos, incluyendo el de pensar libremente y de actuar de acuerdo con sus planes privados. El Estado es, por naturaleza, burocrático, y las “soluciones” burocráticas son insatisfactorias e incapaces de adaptarse rápidamente a los cambios en el entorno, y en manos sin escrúpulos, el Estado es un mecanismo de fuerza para imponer la voluntad de los gobernantes.

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El desconocimiento de los principios económicos básicos representa una amenaza real para el futuro de esta sociedad, porque promueve las soluciones demagógicas de los políticos más interesados en el poder. Es muy importante que los ciudadanos responsables, si no reciben instrucción en los temas de Historia y Economía, acudan a la gran cantidad de información disponible en una sociedad libre, y que recuerden las lecciones de los fracasos de las economías planificadas del pasado.